viernes, 3 de febrero de 2017

Los muertos de hambre

Los muertos de hambre
no solo respiramos materia gris.

También engullimos
níquel líquido
que nos hace en el estómago
un nudo enorme.

Plantamos flores
en las bajantes de los edificios.

Desde pequeños nos educan
para sobrevivir a esta barbarie
que financian con purpurina
y eternidad.

Somos la voz apagada
frente al micrófono.
La pestaña dentro del ojo.

El olor sucio
que desprende la tubería.
Ese bulto molesto
y preocupante en la espalda.
La epidemia contagiosa
que nunca se cura.

Los muertos de hambre
como usted nos llama,
alimentamos cada rincón
de nuestro espíritu
con lombrices de luz
con duchas en seco de paz
con la almohada impoluta
con la esperanza
con la esperanza
entre las manos
entre los dientes
entre las vísceras.

Porque tenemos la suerte
de mamar del pecho ya muerto.

Y al menos,
al menos tenemos hambre.
Tenemos vida.
Tenemos muerte. 

Porque no nos conformamos
con migajas
preferimos morir de hambre.
Preferimos no amarrar
nuestros pies en tierra.

Aunque algunos ni si quiera
lo preferimos.
Algunos simplemente
nacemos siendo
unos muertos de hambre,
unos muertos de hambre.

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