martes, 9 de agosto de 2016

Llevo días sin escribir




Llevo días sin escribir,
sin verbos que crujen en la boca, pecho y alma.
Sin palabras que salgan del estómago
y acaricien las manos.

Llevo días con telarañas en los pies
y plumas sobre los hombros.

Quién nos ha dicho
que hoy no vamos a morir.
Hay que seguir latiendo. PUM PUM.

He perdido el tren.
Pero no importa,
me subo en el siguiente.

Llego tarde, pero me consuela saber,
que lo importante es llegar.
O eso al menos nos han hecho creer.

Cerca de mí hay una niña muy morena,
con una diadema de flores blancas.

Lo observa todo y se tapa el rostro.

Me dan ganas de hacer lo mismo.
Taparme la cara, cerrar los ojos, respirar, y desaparecer.

Pienso
en las niñas secuestradas de Nigeria,
en las niñas muertas de Gaza,
en las niñas sirias que duermen teñidas de azul con el rostro cubierto de arena.

Hace tiempo que las encías del mundo sangran,
y ya no nos quedan dientes
para dar un bocado más.

Todo los días intento saber quién soy,
y aun no he encontrado respuesta.

El dolor es tu boca lejos de la mía.
El dolor es una nevera vacía.
El dolor es todo aquello que te pinza el alma hasta dejarte sin respiración.

El dolor es ver(te)
y no reconocer(te).

Hay tantas formas de dolor
como segundos en un día.

Quiero acariciar tus pestañas.

Quiero que se extinga toda luz,
que el mismo sol se incinere.

Quiero una oscuridad profunda,
espesa, y solemne. Para que así nada importe, y los únicos destellos de lucidez
seamos nosotros.

Llevo días sin escribir.
Escucho el eco de cada sílaba,
la cadencia precavida
antes del punto final.

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