viernes, 18 de febrero de 2011

La que baila con lobos (viaje astral)


La soledad me abraza, y yo bailo con lobos al atardecer. El tiempo es inexistente, y este beso te lo dejo presente. El caos de nuestros espectros viaja en los astros.
Flotamos en el aire como una pluma de pájaro, que vuela con la más fina bocanada de viento. Le devuelvo las caricias al extraño lobo que al atardecer me hace compañía.

Entro en trance sin salir de mi habitación, no sé si esto es el nirvana, pero siento la calma. Las flores crecen con el agua y el sol. Y yo encuentro el agua en su boca y la luz en sus palabras. Aunque me absorbe el pathos, a veces en él recuerdo el ethos...

Me dejo caer sobre la nada. El tiempo se detiene y este trance se convierte en la danza con lobos. Mi cuerpo se desnuda, expande, contrae, se evapora y diluye con la lluvia...
Emerjo tras la tormenta, viendo que el agua se cuela por las heridas de bala, y como se filtra hasta curarlas.

La realidad parece darme una bofetada, pero a veces yo la acaricio y otras la desgarro, mi soledad se vuelve menos insoportable. Así cuando llega el atardecer y me invade la melancolía de algo que nunca ha existido, bailo con lobos.

Aullamos frente al mar, despidiendo al sol y recibiendo a la luna. Es el rito que marca nuestro sino, y nos perdemos en el infinito horizonte que parece un laberinto evaporando cada aullido, trasformándonos en salvajes desconocidos, besando lo prohibido...

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