lunes, 3 de enero de 2011

Lápida sin nombre


Una vez dije: ‘La existencia no es más que un orgasmo cósmico.’
Una vez alguien dijo: ‘No somos más que polvo y ceniza.

Como una psicótica busco mi medicina, las luces de la urbe me asfixian y necesito encontrarme, para de paso olvidarte y salir de los auriculares para no torturarme. Me alejo de la realidad adentrándome en la penumbra de la naturaleza, madre siempre tierra. El día que me canse de escribir, será porque mi corazón ha dejado de latir.

Respiro. Cierro los ojos. Y el verde inunda mi alma, estoy desnuda rodeada de mis semejantes, abrazo al árbol que con su costra me raspa. La música de la jungla me enreda en una espiral de inconsciencia.

No soy única, ni ellos tampoco lo son. Todo ser vivo está relacionado con el todo. Formamos parte del mismo organismo, por eso como Zaratustra sólo me encuentro yo lejos del monstruo, lejos de lo artificial.

El silencio es inexistente, porque el árbol con sus ramas gime y el agua con su flujo redime. El arte es transformar en goce la fatiga. Por eso no comprendo que se trafiquen sentimientos. Las grandes joyas son para otras, yo disfruto cuando el césped me acaricia, dejo guiarme por impulsos, y mi cuerpo se expande como si fuera un árbol, quizás un día me crezcan ramas y las hojas bailen con el viento.

Pernocto y la cúpula celeste es la cosa más perturbadora de nuestra existencia.
La gente está confundida, se empeñan unos y otros en ordenarlo todo, jerarquía por aquí, por allá. La teoría del caos dice explícitamente que: todo caos conlleva cierto orden, eso es ciencia aplicable a la metafísica.

Eso resuena en mi cabeza, el caos conlleva implícitamente un orden. Lo natural es caos, y el caos conlleva en sí un orden. La humanidad está confundida intentando ordenar, porque sólo cuando el caos, la naturaleza domine nuestro planeta, será entonces cuando todo empiece a tener algo de lógica, porque por el momento todo parece carecer de sentido, y la gente vaga desconcertada.

El caos es humanidad y las ciudades son el monstruo que mata. Lápidas sin nombre recorren avenidas, plazas, calles, suburbios y centros comerciales.

Si él es como un gorrión despidiendo al sol todos los atardeceres, yo soy como el albatros viajero que planea suspendido al amanecer acariciando al mar durante horas.

Amanece, y el mar vibra con fuerza, el viento sopla y la noche muere. Cierro los ojos e imaginó el lugar que todavía no he pisado, pero que lo conozco como la palma de mi mano, allí donde la riqueza espiritual suplanta la pobreza material con olor a especies.

Allí donde algún día baile la muerte, que alguien escriba en la lápida sin nombre.


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