sábado, 6 de noviembre de 2010

LUZ Y PENUMBRA ENTRE ZARZAS:

Los más sublimes éxtasis del espíritu coinciden con los más profundos impulsos eróticos’ L.S.

El instinto es la forma más sublime que puede adoptar la inteligencia’ F.N.

Todo sucedió en mayo de 1882.

Friedrich no podía para de pensar en lo sucedido, respiro profundamente, y se miró al espejo durante más de 10 minutos. Su rostro era inmóvil, parecía carcomido por una extraña sensación de pasividad, pero en el fondo se estaba muriendo por dentro, el sufrimiento lo invadía de manera insoportable. No podía dejar de pensar en ella, en aquella que hacía tan solo unas horas lo había hecho tan superhombre y tan miserablemente hombre.

Sintió miedo, y aún se asustó más de sí mismo, se había convertido en lo que él siempre había odiado, se vio tan débil, tan decadente y mezquino que estalló llorando como si todavía fuese ese niño raro en aquel colegio sombrío.

No paraba de pensar en todo lo sucedido, rodeado de naturaleza, de catolicismo y en compañía de la Rubia del Báltico. Habían sido sucesos demasiado impactantes para una sola tarde.

Friedrich fue tambaleándose por el pasillo hasta que intento calmarse y se sentó en su escritorio bruscamente, tenía que apaciguar ese dolor y transformarlo en algo positivo, tenia que espiritualizar ese torbellino que le causaba odio e inseguridad. El dolor emocional era acompañado por el físico, cogió su pipa de fumar y dejó que el opio invadiera su ser. Poco a poco el Hortus Conclusus desaparecía de su mente, y se transformaba en un paraíso dionisiaco. El Montesacro de Orta era ahora solo un espejismo envuelto de opio.

El dolor iba transformándose lentamente, pero aun así no podía para de pensar en la Rubia del Báltico. Era la mujer de su vida, inteligente y sensual, no podía dejar de recordar como sus cuerpos se habían tocado en plena naturaleza, y a Friedrich le torturaba continuamente un estado paranoico y reflexionaba sobre la negación.

Allí en su soledad sólo existía el opio y su escritorio, imaginó a su amada rodeada de zarzas. Nacieron en Friedrich sentimientos contrapuestos, la amaba con todo su ser pero al mismo tiempo la odiaba con toda su ira. Nunca volvió a ver a una mujer tan mujer como aquella rusa rubia, pero la odió para el resto de su vida porque ella lo rechazó, no sin antes manipularlo y jugar con él eróticamente.

El filósofo del martillo, Friedrich Nietzsche imaginó a la rubia del báltico, Lou Salomé entre zarzas. Colocado de opio, el gran filósofo cogió su pluma y papel, comenzó a escribir: ¡Así habló Zaratustra!

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