viernes, 13 de agosto de 2010



Ya era demasiado tarde, ellos estaban muy cerca de mí, comencé a temblar, la desesperación invadió mi ser, y fue así como perdí la consciencia. Cuando volví a despertar, la tarde había caído, y los pocos rayos de sol me deslumbraron.

Poco a poco me incorporé, desorientada, sin perder el equilibrio alcé una de mis manos para apoyarme en la tierra. Recuperé del todo mi visión y fue entonces cuando me di cuenta de donde estaba. Estaba en mi hogar, recordé lo sucedido: Fui expulsada de la tribu, en la selva después de una persecución al caer la noche me había transformado en una pantera, a la mañana siguiente volví a mi forma humana, habían vuelto a perseguirme y fue cuando me tropecé, ellos estaban cerca y allí quedó mi último recuerdo. Ahora había despertado en la tribu de nuevo. No querían matarme, pero pese a ello tenía miedo... Confié en el universo, en la naturaleza, ella me protegía.



Mucha gente de la tribu comenzó a reunirse a mi alrededor. No hacían preguntas, ni decían nada, simplemente se sentaban junto a mí, era cómo si me arropasen para que no me sintiera fuera de lugar. Evidentemente aquellas tierras habían sido mi hogar desde hacía generaciones y nunca me había sentido excluida, porque la naturaleza no excluye a otras formas de vida, si no que las agrupa en un todo que lo forma el universo. Pero ver a mis semejantes alrededor me tranquilizó.



Los árboles me indicaban que el viento venía del norte, y eso sólo podía significar una cosa, tormenta, gran tormenta. Comenzó a diluviar, la tribu se preparó, y los que podían se refugiaban. Yo no me refugié, porque sabía lo que iba a ocurrir.



Anocheció muy deprisa, las nubes cubrieron con su manto la cúpula celeste, la luna no era visible, las gotas de agua, cayeron una tras otra, como si estuvieran hechizadas bajo la desesperación. La lluvia no daba tregua, se formó una mística música cuando las gotas impactaban sobre la tierra, las chozas o mi cuerpo. El olor era dulce. Un escalofrío recorrió mi espalda, hasta que me estremecí de nuevo. Un fuerte dolor arraigo en mi vientre; de nuevo sin aviso, mi cuerpo se contrajo, se expandió y retorció, hasta que al fin recobré un poco la compostura bajo la lluvia, y me miré los pies. Pero ya no eran pies, sino garras, la piel aterciopelada y bañada por las gotas de lluvia en la oscura noche de tormenta.

Entonces comprendí pues lo que había vuelto a pasar, de nuevo me convertí en una pantera, con aliento dulce, como llamaradas de fuego, rodeada por los que ya no concebía como semejantes, si no como enemigos, como intrusos en mi mundo, eran salvajes, ya no era mi tribu...

Me enfrentaba a una lucha interior entre mi yo humano y mi yo animal. Pero siempre ganaba la parte impulsiva, que actúa por nervio; así que decidí alejarme entre las sombras de la tribu, e irme sin destino fijo. La lluvia era rebosante, y aunque el cuerpo animal me proporcionaba más ligereza, añoraba en cierta forma las caricias de la lluvia…


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