miércoles, 11 de agosto de 2010



La naturaleza era realmente espesa, huía de mis semejantes, porque ya no era de los suyos. El clima era sofocante. Mis pies descalzos corrían todo lo deprisa que podían, hasta que llegaron al riachuelo, miré hacia atrás, ya no me perseguían. Me agaché para recoger un poco de agua. Respiré.



Todo aquello era demasiado extraño. Mis manos estaban temblorosas después de todo lo sucedido, mi exclusión de la tribu había sido injusta. Toda mi sabiduría se la debía a mis antepasados, esos farsantes que creían conocer la realidad eran unos malditos ignorantes con taparrabos. La tierra era mi madre y sólo ella había sabido educarme, si algo me dolía la tierra lo sanaba. Los árboles no me defraudaban, el viento era del sur. Se acercaban, eran los humanos que me habían desterrado, pensé en resguardarme dentro de un templo de piedra, pero me daba demasiado miedo, decidí seguir corriendo.



Mi cara chocaba contra las ramas, mis manos las apartaban, mis pies bailaban sin parar, iba avanzando dentro de la selva espesa. Me transforme en una pantera, sigilosa, ágil y rápida. No tenía nada, sólo mi cuerpo cubierto por unas pocas telas, los árboles me volvieron a indicar la procedencia del viento. De repente sabía que ya nadie me seguía…



Al ser consciente de que ya había cesado el peligro, dejé de correr, y me senté a respirar. Recuperé el aliento, apareció la pantera enfrente de mí. Nos miramos, sus ojos negros eran desafiantes, pero no tenía miedo de ella. Sólo temía a la ignorancia que me rodeaba, la ignorancia me producía un escalofrío interior. Pero estaba allí rodeada de naturaleza, de sabiduría, no tenía nada que temer mientras mi refugio fueran los árboles, las rocas, el agua, la tierra. No necesitaba nada…



Habían pasado ya varios días, encontré un gran árbol de más de trescientos años, allí me sentía realmente pequeña, pero al mismo tiempo protegida, me quedé allí, descansé. Hasta que empecé a sentir un dolor algo molesto, no sé como fue, pero cuando la luna se situó al lado de la estrella de orión, mi cuerpo terrenal se expandió, retorció y se contrajo, mi piel se volvió negra aterciopelada como la noche, fue una sensación muy rara, cambió mi perspectiva del momento, mis ojos me enseñaban otra realidad. Me acerqué hasta un arroyo, miré mi reflejo… era una pantera. Me había transformado en un animal totalmente salvaje que se movía entre las sombras de la noche, era joven, bella, pero agresiva, ahora las serpientes eran mis enemigas. Mi aliento se volvió dulce, como llamaradas de fuego, rodeada por pámpanos de nenúfar…

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