martes, 27 de julio de 2010

Impulsos, vida y muerte... Sueños



‘A veces pienso que somos como dos maletas atadas en un tren que nos lleva a un destino desconocido, viajamos juntos durante un largo recorrido pero sin que ninguno de los dos sepa lo que hay dentro del otro.’


(En un lugar de África)




Había luna llena desde hacía varios días y eso influía deliberadamente en mi carácter. Estaba a ratos huraña, inquieta, a otros positiva, alegre. Era un contraste continuo. Salí del bar entrada ya la noche, las calles estaban desiertas y el clima era refrescante. Miré al cielo y allí estaba la culpable de mi cambio de humor, todo ello formaba parte del ciclo. Era una luna llena hermosa, que cautivaba… De mis pupilas surgieron lágrimas saladas.



Pisaba el asfalto y lloraba elegantemente. Basta, ya basta. Pero no podía engañarme. En ese momento hubiese deseado ser el empirista D.Hume para aferrarme a la ciencia, al maldito efecto-causa, sin un nexo y creer que los sentimientos son algo superfluo. Pero no era él, ni ella, ni nadie. Era yo, en esa noche de luna llena. Era yo y tenía que aprender a valorarme, sin esperar nada de nadie.



Ese momento de debilidad saco a relucir mis más profundos miedos internos. Necesitaba gritar, enfadarme, y ser un huracán que acabara hasta con la última injusticia de este mundo. Otra ostia, me devolvió a la realidad, ahí secándome con una servilleta de papel, con las llaves en la mano.



Electricidad flotando en el ambiente, se cruza la vida con la muerte, pensé. Reí. Parecía una loca, qué ironía, lloraba por todo y por nada. Era ridículo, pero necesario. Estaba enfadada, enojada por ser tan débil, incauta e inconsciente.



Vivo por impulsos, y muero contra muros de cemento. Cada vez me las doy con más fuerza, y las ostias parecen ser auto destructivas, pero con el tiempo he llegado a comprender que son auto educativas.



Mis pensamientos divagaron durante toda la noche, al final los párpados cayeron del cansancio. Fui sincera y me deshice en pedazos con el sueño.



Fue un sueño algo extraño, el hombre sin rostro se alejaba entre la niebla, y yo saltaba tratando de tocar la rama de un árbol, cuanto más saltaba, la rama más se alejaba. El hombre sin rostro había desaparecido entre la niebla, y de repente algo me estiró de la mano. Era yo de niña. Mi yo de niña rió, y me dio un abrazo. Tal como apareció se esfumó. Ahora yo sola andaba por una carretera de montaña, ya no había niebla, si no oscuridad. Entre las sombras, apareció él. Tenía un sombrero que sólo dejaba a la vista su boca. Pensé en hablarle, pero él lo hizo antes que yo. Sin dejar que viera su rostro me dijo: ‘I am what I am, and what I am is what you will see’…



Me desperté y pensé: ¿Qué me diría Freud?

1 comentario:

  1. Freud diría que tienes algún transtorno sexual o algún deseo inconsciente, también sexual, debido a algún problema en la infancia con tu padre, ya sabes, el típico complejo de edipo. Sea lo que sea, el problema reside en la palabra clave: sexual.
    ¿Para Hume los sentimientos son superfluos? Los sentimientos son impresiones y una impresión para Hume nunca sería superflua. Recordemos el criterio empirista de significación...

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